#literatura

Abril Castillo Cabrera: el río envenenado de la familia

 

Hay libros que cuando se terminan de leer, se tiene la impresión de ser otra persona que cuando se comenzaron. Son muy pocos. Libros que, de alguna manera, más que curar, recuerdan que hay una herida, y que esta sangra. Son obras excepcionales, casi únicas a la familia que pertenece, sin duda, Tarantela, la primera novela de Abril Castillo Cabrera (Morelia, 1984).

Tarantela también pertenece a ese tipo de libros que intentan cambiar el mundo, que buscan ser una pequeña revolución. Sólo que a diferencia de muchas novelas que indagan la realidad detrás de la historia de un país, o de una cultura, Castillo, aquí lo hace intentando limpiar, drenar, la historia de una familia.

Escribe en la novela, “Una familia es como un río. El agua se contamina y va llegando a distintos causes. Si no lo limpias, cada generación se baña de nuevo en el mismo río”.

Esta idea de modificar una historia y saber qué fue lo que en verdad ocurrió para que no vuelva a suceder, quizá sea uno de los orígenes de toda creación literaria. La Premio Nobel canadiense, Alice Munro, declara que recuerda haber sabido que quería ser escritora, cuando leyó La sirenita de Hans Christian Andersen. Le pareció demasiado triste el final y sintió la necesidad de modificarlo reescribiéndolo. Me parece que algo muy similar hizo Javier Cercas, en Soldados de Salamina o Anatomía de un instante, con la historia reciente de España. Así, Abril Castillo, se da cuenta que si no descubre, sopesa y define su historia familiar, el veneno mortal que ingirió uno de sus tíos, permanecerá no sólo en ella sino también en su descendencia.

Tarantela cuenta la historia precisamente de este tío llamado Jano a quien ella recuerda haberlo visto tan sólo tres veces en su vida. Todas, en una infancia muy temprana en donde los recuerdos se confunden con la imaginación.

Para la narradora, la muerte de este tío, es una fisura que condiciona la existencia, no sólo de sus abuelos, sino también de sus padres y por lo tanto, la suya. El tío, sin que se sepa bien la razón, consumió un elemento llamado talio a tal grado letal, que se utiliza en los raticidas.

Con tan sólo veintisiete años el tío se intoxica con el talio y a partir de ahí comienza la pesadilla que al obviarse se vuelve cíclica.

La narradora a manera de historiadora-detective va buscando entre sus recuerdos, los de su madre y entre las pertenencias de sus abuelos, pistas que puedan arrojar luz sobre esta muerte que en cuanto más indaga, se vuelve más oscura.

Abril Castillo pertenece a una generación de narradores mexicanos nacidos en los ochentas, como Mateo García Elizondo, Antonio Vázquez y Alaíde Ventura, en la cual los escenarios más importantes son cerrados. Pequeños pueblos, casas, habitaciones… a tal grado íntimos, que me parece escriben desde un lugar profundo del cuerpo, desde la parte central de la conciencia.

Tarantela es una novela escrita desde la médula, desde un lugar membranoso y sensible con un lenguaje directo, sencillo, pero muy filoso con el cual logra frases como estas, “Mirarse desde fuera y verse mejorar. Eso hace la escritura. Pero no pudo. Tuvo que vivir su propia muerte. Eso hace la vida”.

Abril Castillo, a través de la voz narrativa de Tarantela, decide que no quiere seguir siendo un río envenenado que mate de manera cíclica, si no convertirse en un estanque que acabe con la pesadilla familiar.

Abril Castillo, Tarantela, Ciudad de México, Antílope, 2019. 193 páginas.

Adán Ramírez Serret

  #historia

Surrealismo y virginidad

En un texto póstumo titulado El Surrealismo Día tras Día leí como Georges Bataille se lamentaba, a propósito de una carta que le había mandado Antonin Artaud años atrás, de la siguiente manera: “Verdaderamente, me sorprendería haber deformado su relato, pero la memoria, aun cuando su objeto es impactante, siempre es un poco móvil y un poco huidiza.”

En el único texto asociado a Objeto móvil recomendado a las familias, la muestra curada por Santiago Villanueva en Fundación Osde, leí a propósito de la conjunción de artistas que se remonta a integrantes del grupo surrealista argentino Orión (nacido en 1939 y pronto disuelto), pasa por los 60’ y sigue hasta nuestros días, lo siguiente: “Esta reunión de obras respeta una memoria inestable del surrealismo, o el superrealismo, en Argentina.”

Por culpa de las drogas y la ebriedad tal vez no me acuerde con precisión del cuadro de Leónidas Gambartes situado al lado del de Fernanda Laguna. O quizás sí. Afortunadamente, ciertos metales colocados en ángulos con el suelo de la sala para oponerse simétricos a los haces de luz pintados en el cielo del cuadro de Laguna, colaboran en sostener mi recuerdo huidizo. De hecho, los metales participan en el concilio de tiempos que acontece en el primer piso de la Fundación OSDE. En otro lugar, más “central”, hay estructuras que incorporan madera: son una obra de Mariana Telleria. Eso me dio a pensar que el montaje de Osías Yanov representa paradójicos andamios a posteriori, aunque también podría ser un insidioso diseño de trampas para cosas que nunca existieron. El que mira también puede ser atrapado. Corre el riesgo de dejarse situar por los conectores sólidos y prácticos de la matriz que pensó el objeto teórico. La metáfora de que el objeto teórico se construye tiene aquí un aspecto bien concreto. Detecto el deseo y la necesidad de fijar de alguna manera la “memoria inestable del surrealismo”.

En la mitología griega Orión es el mejor cazador de monstruos. Paradójicamente hubo un tiempo en el que tuvo que confiar en un niño subido a sus hombros para seguir su camino y recuperar la vista. Su ceguera quedó asociada al castigo divino por un deseo irrefrenable. Sin embargo Orión mereció elevarse al cielo de ambos hemisferios. Sus estrellas son brillantes, la constelación puede identificarse con facilidad. Aquí conocemos su cinto como las Tres Marías.

En la mitología contemporánea, el curador es un cazador sutil. Esta vez Villanueva pone en juego al cazador de monstruos. En el relato que propone, el gigante surrealista recibe ayuda a través de los “momentos de investigación adolescente” de artistas argentinos de distintas épocas. Esos tiempos se vuelven espacio. Los artistas han sido montados al mito. Son parte crucial de la cacería en familia. Y el mito es verdad. Sobre todo si se experimenta como arquetipo vivo. En situaciones de intervención como ésta, en vez de ser una hipótesis de trabajo, el mito toma el lugar de una narrativa compacta conectada a un ámbito trascendente o por lo menos a un espacio de algún modo inasible. Aquí el surrealismo puede concebirse como un relato querido y creído con fuerza, un relato que otorga sentido a ciertos impulsos vitales y espontáneos. Así lo veían Bataille y algunos otros devotos a la religión surrealista. Desde esta perspectiva pienso que al ver esta muestra participé de una única familia de ojos atentos a la elusiva hazaña del grupo Orión y sus continuadores del no-tiempo. Cada ojo de la familia siguió algún objeto móvil y se armó una adolescencia donde el surrealismo sobrevive como gesto en el instante. Ojalá a partir de ahora cada vez “(…) que se mezcle una actitud rupturista con una seguridad en las formas, un momento de indecisión y dudas volcados en una mecánica inesperada” recordemos la emoción de la primera y única cacería: la cacería primigenia.

Por Marcos Cabobianco

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